miércoles, 26 de junio de 2013

El vaso simbólico, de J.A. Encinas

Tomado de Museo
Gobernaba el imperio del Tahuantinsuyo el inca Viracocha. Más allá del Cusco, hacia el Sur vivían los Collas, pueblo aguerrido y audaz.
 
Desde los tiempos legendarios se sabía que los Collas habían venido del sur guerreando con todos los pobladores de las tierras por donde atravesaban. Por fin se establecieron en el Altiplano del Titicaca.

Muchos años tuvieron que pasar para que estas tribus dispersas pudieran unificarse y reconocer jefes más o menos valerosos.
 
En época de Viracocha, dos naciones se disputaban la hegemonía del Collao: Los Chucuito y los Atuncolla. A los primeros capitaneaba Cari, y a los segundo Sapana. Era una eterna y sangrienta lucha entres sus poderíos.

Los incas tuvieron noticias de esta discordia y, aprovechando de ella, trataron de conquistar el Collao. Lo antecesores de Viracocha ya habían intentado hacerlo, pero se estrellaron sus esfuerzos ante la resistencia de los Canas.

Viracocha era un hábil político. Después de vencer a los Canas en una sangrienta batalla en los campos de Ayaviri, invadió la tierra de los Collas, donde Cari y Sapana se disputaban el poder.

Cuando estos caudillos supieron de la invasión de los quechuas, cada cual quiso ponerse junto a Viracocha para concluir con el rival.
 
Pero mientras Viracocha se encontraba en camino, Cari venció a Sapana. Vencedor Cari, ofreció su amistad a Viraocha, quien llego a Chucuito un tanto descontento por el triunfo de Cari, porque como príncipe ambicioso y político, hubiera deseado que la lucha siguiese entre los dos caudillos, pues así la conquista habría sido más fácil y su hegemonía más absoluta,

Cari recibió a Viracocha en Chucuito, con grandes homenajes. Muchos fueron los días en que los Collas se regocijaron por la visita del inca venido de las comarcas del Norte.

Viracocha, temeroso y mucho más conocedor de la soberbia de los Collas, quiso sellar la amistad con Cari, ofreciéndole una de sus hijas.

Cari muy agradecido, respondió "que era viejo y cansado, que la casase con una mancebo, pues  había tantos que en cuanto a él, sería buen servidor y le tendría por señor y amigo y le serviría en la guerra". No se sabe si Viracocha accedió a esa demanda de Cari lo cierto es que mientras se encontraban en Chucuito grandes fueron los homenajes que se le tributaron.

Antes de separarse Viracocha y Cari hicieron el pleno homenaje a su amistad y a la confederación de los Collas y los Quechuas, realizando con tal motivo una gran fiesta.

Las mujeres, las más hermosas de la comarca, acudieron al pueblo de Chucuito. Grandes comparsas de bailes y de músicos las acompañaban. Los sacerdotes con sus vistosos trajes, se preparaban para sacrificar el llama, animal sagrado de los Collas.

Reunidos todos, comenzó la fiesta. Las mujeres llevaban un gran vaso de oro con vino. Se lo ofrecieron a beber al inca, quien después de haber bebido un gran rato, tomó el vaso y poniéndolo  sobre una piedra dijo "Este vaso que está aquí, que yo no lo mueva ni tu lo toques, en señal de ser cierto lo concertado"; y besando la tierra hicieron reverencia al Sol.

Y en medio de la música y del baile los sacerdotes llevaron este vaso simbólico de la amistad a los pueblos, a la cumbre de una colina próxima, Allí colocáronlo y, mientras no desapareciese, sería símbolo de Paz. Cuando dejara de brillar a la luz del Sol, entonces la guerra y el exterminio comenzarían.
 
(Cuento de José Antonio Encinas, tomado del "Cuento Puneño" de José Portugal Catacora)

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