Dibujo de Cristian Chiroque y José Medina
El anciano Apu y sus dos nietos vivían en la solitaria isla, tranquilamente.
El anciano Apu y sus dos nietos vivían en la solitaria isla, tranquilamente.
Aquella isla que parecía un pequeño oasis boyando en medio de las desérticas aguas del lago reciente, era sin embargo el único mundo conocido para sus tres habitantes.
Allí no les faltaba nada. La choza pintoresca, construida de barro amasado con techo de paja seca, los cobijaba igual que un palacio señorial. Durante los días plácidos, silenciosos y solitarios, los niños solían dedicarse a sus juegos, corriendo a lo largo de las riberas perfumadas de fresca humedad, recogiendo piedrecitas de caprichosas formas y colores, las que coleccionaban para personificarlos en seres animados de vida, a través de sus juegos.
Otras veces escalaban, igual que los venados, las encrespadas cumbres de los cerros y se perdían entre los riscos, cogiendo flores silvestres o jugando con los cachorros de los zorros y de los pumas y con los pichones de los cóndores, con quienes eran muy buenos amigos; pues de ellos recibían magníficas lecciones pera luchar contra las contingencias de la naturaleza. El zorro les enseñaba muchos ardides, el puma la fortaleza de su temperamento y el cóndor les inspiraba a tener siempre la mirada puesta en horizontes inalcanzables.





